Silvia Hernando, 11.04.2024
Excavar un agujero en medio de una galería no es algo demasiado habitual. Sepultar en ese hoyo una escultura de Federico García Lorca con su pelo peinado hacia atrás y su traje gris bien planchado, cubrirla con un cristal y dejar que el público la pisotee, tampoco. Pero esa es la gracia de las propuestas de Eugenio Merino

