Tu rostro es el paisaje

MEMORIA (Carabanchel): 10.09 – 07.11.2026

Juan Castillo (Antofagasta, 1952–Estocolmo, 2025) desarrolló una práctica artística de más de cuarenta años centrada en una pregunta fundamental: ¿cómo están conectadas las personas con los territorios que habitan y las imágenes que representan esos lugares? Su trabajo transita entre la instalación, la fotografía, el vídeo, el dibujo y la escritura, usando cada medio para explorar cómo la identidad y la experiencia social quedan inscritas en los lugares. Esta exposición representa un homenaje a su trayectoria tras su reciente fallecimiento, presentando obras recientes que condensan sus principales líneas de investigación.

La infancia de Castillo en la salitrera de Pedro de Valdivia, en el norte de Chile, marcó profundamente su visión artística. Aquel enclave de extracción, marcado por la explotación y su posterior abandono, fue el primer paisaje en el que naturaleza y experiencia humana aparecieron inextricablemente ligados. A lo largo de las décadas siguientes, Castillo volvería sobre esa relación en lugares diversos, entendiendo el paisaje como un espacio donde se inscriben historias humanas. A fines de los años setenta se incorporó, junto a Raúl Zurita, Diamela Eltit, Lotty Rosenfeld y Fernando Balcells, al Colectivo de Acciones de Arte (CADA), activo entre 1979 y 1985 en uno de los períodos más represivos de la dictadura chilena. Su traslado a Suecia en 1986 abrió otro campo de investigación: el desplazamiento y sus efectos sobre la identidad y la pertenencia. A partir de entonces, el testimonio de migrantes y las narrativas asociadas a la experiencia de desarraigo pasarían a ocupar un lugar recurrente en una práctica que entiende el territorio como algo que se produce y se disputa a través de quienes lo habitan.

La actual exposición de Castillo, Tu rostro es el paisajepropone desde su título una relación entre cuerpo y territorio; esta relación adquiere una resonancia particular al ponerse en diálogo con las numerosas frases que recorren su obra, entre ellas: “No hay mapa que justifique tu rostro”. Si el mapa busca hacer legible un territorio, el paisaje introduce una relación distinta con el espacio. Entre ambas ideas, el rostro deja de ser únicamente una superficie corporal para convertirse también en un lugar donde se inscribe una relación con el territorio.

Frente a la tradición anatómica, que ha buscado descomponer el cuerpo para hacerlo legible, Castillo devuelve la mirada a la superficie: a la piel y a las formas en que una superficie puede convertirse en territorio. Sus composiciones, suspendidas entre órganos y masas territoriales, desestabilizan la distinción entre cuerpo y paisaje. Esta relación adquiere una dimensión política cuando el paisaje deja de ser únicamente aquello que se contempla y aparece como territorio, y cuando el territorio, a su vez, funciona como una forma de identidad. 

En Tu rostro es el paisaje (2018), donde un esqueleto se despliega horizontalmente entre siluetas de rostros apenas esbozados, Castillo hace algo muy curioso con esa idea: la osamenta, lo que queda cuando la carne, es decir la superficie, ha desaparecido, yace precisamente en el lugar donde el rostro y el paisaje deberían fundirse. Y si “el rostro es una política”, como dicen Deleuze y Guattari, deshacerlo es otra, la de un devenir clandestino que Castillo convierte en rectángulo negro casi abstracto que insinúa la bandera de Martín Gubbins que aparece en su obra Lo nacional se desarma (2020).

La diferencia entre mapa y paisaje resulta aquí fundamental. El mapa busca producir un territorio legible, y la cartografía moderna se desarrolló estrechamente vinculada a las prácticas militares y administrativas. El paisaje opera de otro modo, aunque la distancia entre ambos se vuelve menos nítida cuando atendemos a la formulación de Deleuze y Guattari, a partir de Maurice Ronai, del paisaje como “rostro de la patria o de la nación”. Si el mapa hace visible el territorio como una superficie de control, el paisaje lo inviste afectiva y simbólicamente, convirtiéndolo en imagen de pertenencia. En ambos casos, se trata de operaciones políticas.

Los ecos del bolero de Bobby Capó, Piel Canela y la insistencia en unos ojos negros introducen, a su vez, una reflexión sobre la mirada. Ver al otro no debería equivaler a reducirlo a un objeto de percepción; de ahí que los rostros difusos de Castillo se resistan a quedar fijados en una identidad reconocible. Pero esa resistencia no consiste simplemente en escapar de la representación. Sus imágenes parecen interrogar las condiciones que hacen posible el reconocimiento de un rostro, ya sea éste el de un paisaje o el de una nación.

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